Jaime de Valparaíso

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lunes, 30 de julio de 2012

Sistema universitario chileno: el asesino de los sueños (Articulo de CEL)




El sistema de educación profesional chileno ha sido motivo de polémica y evaluación durante los últimos años. Esta  discusión dicotómica entre el modelo mercantil que sustenta la oferta universitaria y el deseo social de educación gratuita, ha impulsado un análisis popular del futuro deseado a nivel individual y familiar, pero creo que elude poner en palestra las mayores carencias de nuestro modelo, puesto que los años nos hacen cada vez más propensos a considerar las atrocidades como naturales.
Es innegable que nuestro país tiene una desigualdad preocupante. No sólo a nivel económico sino que, aún más importante, a nivel cultural. Recalco esto pues no es algo que sea mencionado en los medios a menudo: la diferencia cultural en Chile es excesiva, más aún cuando queremos pensar o construir un país globlalizado y desarrollado. Los conocimientos son casi elitistas y esto se observa claramente en la opinión pública y los temas de interés a nivel popular. Tenemos que admitir que el espíritu crítico de la sociedad chilena es paupérrimo y para nada competitivo con el mundo “desarrollado” que queremos alcanzar. Se vuelve cada vez más necesaria la multiplicación de profesionales proactivos, investigadores y con innovación para poder enfrentar estos cambios que impulsamos a ciegas en nuestro país.
La forma en que la oferta de estudios profesionales está construida en Chile se sustenta en la libertad de elección de los interesados. Es decir, aquel que desea ser un profesional en cualquier área tiene el derecho de adquirir ese estatus en la casa de estudios que estime conveniente, pagándole a la misma por el producto o servicio entregado. Esta idea se puede entender en términos simples como: “en Chile, todos los títulos profesionales se venden”, de modo que cualquier persona puede adquirir uno si encuentra los medios para financiarlo. A pesar que estos productos son excesivamente caros nos encontramos año a año con miles de personas dispuestas a dar todo por adquirir una profesión, incluso a costa de su propia felicidad.
En el país que estamos construyendo, la adquisición de un título profesional no garantiza, en ningún modo, mejorar el estatus social ni la calidad de vida de un individuo o familia
Hace varias décadas, el panorama en Chile era muy distinto. Está claro que la desigualdad cultural era mayor, pero la consideración de parte de la sociedad hacia la educación profesional era diferente: “para ser profesional era necesario mucho estudio, esfuerzo y esto era recompensado con la opción de realizar trabajos con baja competencia y mejor pagados”. La universidad era para muchas familias más un sueño inalcanzable que una meta que se pudieran plantear a corto plazo. En cambio, en la actualidad el ser profesional sólo asegura tener trabajo mejor pagado en escasas áreas y cumpliendo requisitos específicos como la capacidad de innovar. Para el resto de las carreras, cada vez será menos rentable tener una profesión. A nivel nacional, la sobre-oferta de un profesional en específico sólo provoca que ellos deban cobrar cada día menos por sus servicios contratados, y menos aún en aquellos con envergadura mundial, quienes no solo tienen como competencia sus compatriotas sino todo un mundo plagado de expertos políglotas, eficientes y con menores pretensiones de sueldo. En el país que estamos construyendo, la adquisición de un título profesional no garantiza, en ningún modo, mejorar el estatus social ni la calidad de vida de un individuo o familia, pero lamentablemente el decadente espíritu crítico de nuestra sociedad tiene actualmente hace imposible ver esta realidad a nivel familiar, preservando la retrógrada idea de considerar el estudio universitario como el peldaño para subir de estatus social.
Esta necesidad impulsiva de conseguir un título profesional, sumado al modelo de mercado que regula la oferta de carreras e instituciones que las imparten, fomentan cada vez más un ambiente de gran desamparo y frustración en los estudiantes universitarios. En este escenario, los jóvenes recién salidos del liceo que ingresan al sistema de educación superior, lo hacen con la carga emocional de necesidad de adquirirlo, independiente si lo que han comenzado a cursar se adecua a sus sueños personales o no, e incluso muchos si muchos de ellos no han alcanzado la madurez intelectual suficiente como para decidir qué hacer con sus vidas en el futuro.
La competitividad comercial alta usualmente se ve acompañada de acciones desligadas de la moral o la emocionalidad. En este caso particular, la oferta de títulos profesionales podríamos catalogarla hasta de despiadada. En al actualidad, ninguna institución académica ofrece garantía real de que el producto ofrecido entrega la calidad publicitada, o garantía laboral al completar los programas. No existe opción alguna de reparación en caso que el producto termine siendo defectuoso, no cumpliendo con las expectativas prometidas al adquirirlo (como inserción laboral o pretensiones de sueldo, por ejemplo) ni tampoco existe la posibilidad de devolución de inversión en caso de insatisfacción del producto a corto plazo. Las carreras universitarias se crean y ofertan como un producto vendible, pero no cumplen con ninguno de los requisitos mínimos  exigidos a las casas comerciales que deben ofrecer a los consumidores de este país.
Un estudiante que por cualquier motivo no es capaz de cumplir los requisitos impuestos por la casa de estudios para la aprobación de cursos, o no se sienta a gusto con alguna característica de la carrera adquirida, aunque sea durante los primeros meses, la inversión ya alcanza varias veces el sueldo mínimo nacional, por lo que la simple idea de pérdida de aquella inversión, junto al impulso heredado por conseguir la meta, lo único que provocan son creciente frustración, preocupación constante, estrés, miedo al cambio y más factores sumamente negativos para el rendimiento, viéndose afectado de forma drástica el interés real hacia la búsqueda de conocimiento y apartando totalmente los reales deseos y aptitudes de muchos jóvenes. La forma en que funciona el sistema educacional universitario chileno a diario está aniquilando sueños, ideales y aptitudes de cientos de jóvenes llenándolos de frustraciones, obligándolos a sentir necesidades falsas torciendo totalmente el sentido de sus vidas hasta puntos impensables. Bajo esta presión casi ningún joven es capaz de decidir con facilidad desertar de una carrera o cambiarse, pues el coste económico y psicológico que esto conlleva es tan alto que se vuelve más simple sacrificar la felicidad propia, la vocación o el anhelo por no perder la inversión correspondiente.
Este tipo de profesionales sin ímpetu no están capacitados para enfrentar la ola de globalización que pretende innundar nuetro país. Si no somos capaces de solucionar este conflicto social, Chile jamás estará capacitado para poder convertirse un país desarrollado. Es estrictamente necesario cambiar el paradigma social con respecto a los estudios universitarios, desasociando la idea del ser profesional con el ganar más dinero, y entender que la producción de expertos capaces en un problema país, no individual ni familiar, en el que el estado debe cumplir un rol fundamental acorde a la planificación contingente del devenir nacional.


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