Jaime de Valparaíso

Bienvenidos a mi sitio web amigos
espero que les guste su contenido

saludos Fraternos

lunes, 7 de noviembre de 2011

La construcción del estado docente: implicancias en la sociedad y cultura chilena



La educación se constituyó en uno de los puentes fundamentales, en el instrumento privilegiado para la formación del hombre racional, del ciudadano, del individuo.


Me ha correspondido leer el capítulo I del texto, “Estado y Educación”. (1810-1840) de Sol Serrano1, donde se puede indagar y a la vez establecer que la formación de un sistema nacional de educación durante la República Conservadora, cuya máxima expresión institucional fue la Universidad de Chile, fue posible porque existía consenso en torno a tres elementos: “formar a todos los estratos de la población en la virtud republicana; incorporar el conocimiento racional a la acción, y el deber del Estado de llevar a cabo este cometido”.
Revisando algunos antecedentes del texto nombrado anteriormente, se puede agregar que el principio legitimador del sistema político otorgado por la Constitución de 1833 era la soberanía popular, soberanía que estaba restringida por el voto censitario como por mecanismos administrativos que le permitían al Poder Ejecutivo controlar los otros poderes del Estado. La justificación de su carácter autoritario y restringido residía en que muy pocos poseían la “virtud republicana” necesaria para ejercer la soberanía. Por ello, el Estado debía formar esa virtud en el resto de la población para ampliarla. De allí, que el concepto de gradualidad es el que mejor explica y describe el régimen político que comienza a construirse, gradualidad en la inclusión a la idea y a la práctica de la soberanía popular.
Lo anterior se explica pues hacia fines de la colonia, “la racionalización”2 de la sociedad y la creación de un sentimiento nacional fueron dos objetivos de la educación en el nuevo orden chileno que pueden ser definidos como modernos. Pero hay otros elementos que históricamente fueron constitutivos de la modernidad que no formaban parte de este orden liberal-conservador: la secularización y la democratización de la sociedad. Ellos vendrían más tarde. Dentro de estas ideas planteadas, Serrano señala que la concepción de la Universidad de Chile es contemporánea al proceso de constitución de la universidad moderna del siglo XIX por su apertura a las ciencias naturales, a la investigación y al valor práctico de sus resultados, así como “a las necesidades del Estado republicano en forjar una conciencia nacional”. El objetivo del Estado al fundar la Universidad era la creación de un cuerpo de conocimiento científico, humanista y técnico capaz de transformar al país para incorporarse al mundo moderno; la formación de una elite estatal y social capaz de conducir este proceso; y la formación de una identidad nacional común que incorporara a las distintas clases sociales a la República. Estos serían los objetivos que marcaban la dirección hacia el cambio, pero se mantenían dos elementos de la tradición: los estudios clásicos y el universo católico.
En el período en que se fundó la Universidad, las tensiones entre Iglesia y Estado se hallaban centradas en la inserción que debía tener la Iglesia en la organización jurídica republicana. La Constitución de 1833 había definido el marco: el Estado era católico y ejercía el derecho de patronato. Por ello, en el caso chileno había dos polaridades excluidas: el apoyo eclesiástico al régimen monárquico y la laicización del Estado. Dentro de este marco, más consensual de lo que fue en la mayoría de los países latinoamericanos, se concitaron conflictos, pues la Iglesia chilena, siguiendo la política de Roma, no le reconocía al Estado republicano este derecho heredado de la monarquía española. Sin embargo, la jerarquía eclesiástica aceptó de hecho la intervención del gobierno y trató de restringirla sin entrar en conflictos abiertos.
Con la presidencia de José Joaquín Pérez en 1861, la educación empezó, lentamente primero y con fuerza en la década siguiente, a situarse en el centro del conflicto ideológico y político. Pero durante la República Conservadora, como señala Serrano, existió un consenso, con las tensiones ya descritas, sobre el rol del Estado en educación. Ni el conflicto entre autoritarismo y liberalismo ni la primera fase en las tensiones entre Iglesia y Estado impidieron sino que, al contrario, permitieron que el Estado construyera un sistema de educación nacional.
La formación de un sistema nacional de educación responde, entonces, al afán racionalizador de los sectores ilustrados de la clase dirigente que buscan ordenar desde el Estado una sociedad que aparece como caótica, desde la perspectiva de los cánones del conocimiento racional. La diferencia entre ilustrados e ignorantes no era nada nuevo; lo nuevo era que esta diferencia se constituía en una tensión y ella no se generaba tanto de la presión de los ignorantes por saber como de la necesidad de los ilustrados de forjar una nación con una identidad común a todos los habitantes de un territorio, es decir, forjar una ideología nacional como fuente de legitimación política.
En tanto, respecto de las implicancias en la sociedad y la cultura, de la construcción del estado docente en Chile, se puede mencionar que el estado chileno, apoyado en la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, reduce considerablemente el analfabetismo. Surgen escuelas para la infancia y liceos para la adolescencia. Son confortables y se edifican en medio de la población no virtuosa. Allí se civilizan los hijos del taller junto con los del palacio y los de familias inmigrantes. Esas aulas los emulsionan, contribuyendo a democratizar y a chilenizar. Aportan a plasmar un estrato, factor de estabilidad sociopolítica: la clase media.
Quizás otro aspecto interesante de mencionar dice relación con la transformación de la visión de mundo y de las conductas de los habitantes de la nación. En esta tensión, que a veces puede comprender no sólo a los sectores populares marginados de la soberanía sino también conductas y valores de la propia clase dirigente, la educación se constituyó en uno de los puentes fundamentales, en el instrumento privilegiado para la formación del hombre racional, del ciudadano, del individuo. Fue el medio por el cual se buscaba, desde el Estado, otorgarle al espacio social una identidad que minimizara los riesgos de disolución de una sociedad en la cual el individuo era cada vez más autónomo. Ello era congruente con el concepto, sobre el cual se ha insistido, de un sistema educacional que reforzaba la estructura social y que no estaba concebido explícitamente como un vehículo de ascenso social o de fomento de la igualdad de oportunidades. La relación entre el aumento de la educación primaria y la secundaria y superior muestra a simple vista que no estaban vinculadas entre sí. La primaria no era el comienzo de un largo camino educativo, sino un “grado terminal” destinado a los sectores populares con posibilidades mínimas de ascenso.
El estado chileno otorgó a la educación un valor social previamente restringido a un pequeño sector de eclesiásticos y letrados. La educación creció porque el Estado aumentó la oferta, y la población que concurrió a ella, por restringida que fuese, la tomó y la aceptó porque la educación fue adquiriendo un valor social, funcional o simbólico.

por: Erwin Nettig Rosales

No hay comentarios:

Publicar un comentario